Me acaricia la espalda, me cubre las entrañas, me viste de abrigo y
me ama para siempre.
Me deja en el olvido a la mayor brevedad.
Me conduce al rincón de ese gran mundo interior.
Me lleva a correr sin rumbo, sin compañía.
A vagar como sombras perdidas.
A despertar en la verdad.
Y sobre todo, a ocupar nuestro sitio adecuado.
Entonces, es cuando caigo en la cuenta de mi melancolía.
Entonces, es cuando caigo en la cuenta de mi melancolía.
La soledad me abruma, y me quita caricias.
Me concede esos ojos abandonados en el pasado.
Desorientado, aquí, y con unas cuantas heridas.