Primero brotó la sangre.
Los cristales cayeron. Se desintegraron.
Y tras un leve suspiro, ahí estaban.
Manchados de sangre. De su propia sangre.
Brillante y espesa. Como cuando miras a través de un cristal, pero un cristal rojo.
Rojo pasión. Ese rojo que te seduce. Te engancha.
Aunque la verdad sea azul, y el dedo siga ahí, ahora consciente.
Es el hecho. Simplemente es.
Porque nadie ama demasiado.
Sufrimos carencias imaginarias y excesos innecesarios.
Simplemente sufrimos.
Vivimos. Despertamos.
No somos lo que hacemos. Somos otro yo.
Y ahora, me encuentro, yo solo, aquí, debatiendo la veracidad de este momento.